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¿Por qué nos sentimos culpables?

agosto 29, 2016

Análisis de una sensación que puede surgir aunque no nos hayamos equivocado.

A veces es un sentimiento justificado, otras, un exceso de nuestro ego, que se siente responsable de la vida de los demás. Es bueno reconocer esta diferencia, para ver realmente qué nos pasa cuando nos sentimos… culpables.

La culpa, según el diccionario de la Real Academia Española, es una falta más o menos grave cometida a sabiendas y voluntariamente. Pero la definición habla de la culpa jurídica; la culpa psicológica no necesita ser grave y, a veces, ni siquiera real. Con frecuencia se siente culpa sin haber cometido delito o falta alguna, basta con que el sentimiento o la acción estén en contradicción con lo que la persona considera correcto.

De sacrificios y chivos expiatorios

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el sentimiento de culpa es una de las emociones más penosas para el ser humano. De hecho, todas las culturas del mundo han ideado formas de afrontarlo que van desde los sacrificios de perdón a los dioses hasta la creación de chivos expiatorios.

Hay pensadores que hablan de que toda la civilización judeo-cristiana se basa en la explotación del malestar que produce este sentimiento. Es así que, debido al manejo que se ha hecho de ella, para muchos psicólogos sentirse culpable es poco adaptativo: lo que tenemos que conseguir los seres humanos, es sentirnos responsables de los errores, no culpables, afirman.

La relación con la responsabilidad 

Es cierto que la responsabilidad por los propios actos es imprescindible y uno de los objetivos de cualquier educación saludable, pero, responsabilidad y culpa no siempre son conceptos sustituibles. Muchas veces la culpa es un sentimiento de advertencia: “Siento culpa por lo que hice e instrumento la reparación, es decir me hago responsable de las consecuencias”.

Ante el descrédito que ha sufrido la culpa, el doctor Marcos Aguinis responde de manera excelente en su libro “Elogio a la Culpa” recordándonos que sin ella podríamos convertirnos en canallas.

“Los psicópatas, autores de los crímenes más aborrecibles, jamás sienten culpa, no tienen Ley, no tienen memoria. Sin la culpa no habría ternura por el otro. Los modelos aprendidos esforzadamente se borrarían de golpe y seríamos fieras irracionales”.

En coincidencia absoluta con su mirada, vamos a dividir la culpa en APROPIADA Y NEURÓTICA.

Dos tipos de culpa  

Culpa apropiada: cuando está asociada con el daño que se le puede hacer a otras personas como resultado del mal uso de la libertad.

Culpa neurótica: cuando no responde al daño intencional, sino que es producto de la inmadurez de nuestra conciencia por responder a un sistema rígido de valores, o a un ego demasiado grande que se exige a sí mismo superioridad moral.

Decimos que hay un sistema rígido de valores siempre que el deber prevalezca en todas las acciones, y el pensamiento esté polarizado (las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no se admite el término medio). El gran ego del que hablaba anteriormente se refiere al no reconocimiento de los propios límites. La persona se cree responsable de la vida de los demás, aunque esto a menudo le impida responsabilizarse por su propia vida. Además, este gran ego le exige una perfección imposible de cumplir. Se produce un desencuentro entre el ideal de cómo debería ser el comportamiento, y la realidad vivida, causando dolorosos conflictos personales. Las personas con este sentimiento de culpa se llenan de obligaciones aunque éstas no les correspondan. Son extremadamente escrupulosos y exigentes a la hora de enjuiciarse, y a menudo llegan al autoreproche.

Cuando la culpa es excesiva 

Cuando la culpa se desata ante cualquier situación, o es excesiva, habría que reflexionar sobre si:

• Estamos respondiendo a un sistema de pensamiento polarizado, rígido, negativo, sobredimensionado o perfeccionista.

• Existen unas circunstancias especiales, en la que hay que tener en cuenta nuestras necesidades del momento.

• Pretendiéndolo o no, nuestra actuación no se adecua a nuestros valores.

Si se trata de los dos primeros casos, deberemos plantearnos que el código no es inamovible y por tanto podemos flexibilizar, contextualizar y dar más precisión a la norma transgredida.

Si la culpa se presenta por haber sido incoherentes con nuestro sistema de valores, habremos de responsabilizarnos de las consecuencias, reparar lo que esté a nuestro alcance  y pedir perdón a quien haya resultado dañado.

La culpa y los demás

Respecto a la culpa que podemos sentir por los errores ajenos, conviene plantearse en qué medida uno es responsable de la vida de los demás. Cada uno tiene su periplo vital y debe asumir su responsabilidad sobre lo que en ese viaje acontece.

Estos sentimientos parten del convencimiento íntimo de que los demás dependen de nosotros. Permitir a la otra persona vivir su vida nos permite vivir la nuestra del mismo modo, con libertad y responsabilidad.

Consecuencias de la culpa neurótica

La culpa le roba el efecto de gratitud al perdón, ya que la culpa hace que la persona no se sienta perdonada. La culpa ata al pasado.

La culpa hace que veamos los errores más grandes de lo que en realidad son: la mentalidad culposa produce un sentimiento de indignidad muy profundo que mella la autoestima.

La culpa no permite aprender de los errores. La culpa hace que la persona aprenda a disculparse con excusas.

La culpa hace que la persona culposa se relacione con otros a través de la culpa y manipule a otros como ella se siente manipulada.

Culposos: cómo liberarse

• Es importante trabajar la autocrítica, mediante la reflexión y tomar en consideración las observaciones que nos hacen las personas que nos manifiestan más afecto y confianza.

• Reconocer las causas de las situaciones conflictivas para aprender de los fracasos y no volver a cometer esos o similares errores. El objetivo es doble: el esclarecimiento de la situación y la desactivación del proceso de adjudicación de culpas.

• Lo inteligente y provechoso es identificar los errores, reconocer la causa, asumir la responsabilidad cuando nos compete y, después, tomar medidas para rectificarlos y para no volver a caer con la misma piedra.

• Limitarnos a sentir culpa es como encadenarnos de por vida por lo que ocurrió en el pasado, lo que conduce a un estado de ansiedad que puede derivar en depresiones.

• Sentir culpa sólo resultará útil cuando esta sensación pueda convertirse en acción.  Cuando se aceptan los errores sin sentir un fracaso definitivo y paralizante, el error puede percibirse como una oportunidad de aprendizaje, como una fuente de información de qué cosas van bien y cuáles no.

Para evitar el sentimiento de culpa, conviene…

• Identificar los sentimientos de culpa. Analizar en qué situaciones sobrevienen.

• Aceptarlos como normales y pensar que son comprensibles. Al reconocer y aceptar estos sentimientos de culpa, resulta más fácil expresarlos y combatirlos.

• Expresar los sentimientos de culpa. Hablar con otras personas (si es necesario, con profesionales) del tema puede ayudar a aliviar este pernicioso sentimiento.

• Analizar sus causas. Buscar las razones de estos sentimientos puede contribuir a hacerlos más comprensibles y aceptables.

• Reconocer nuestros propios límites.

Cómo transformar la culpa en algo positivo

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en:

  • Una señal, que sirva para revisar nuestras acciones.
  • Un momento de reflexión y análisis  sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento.
  • Un diálogo interior que nos lleve a reconocer la conducta por la que sentimos la culpa.
  • La búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado.
  • La petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.

Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, o nos sume en la descalificación y el autocastigo conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas que nos permitan crecer.

Asesoramiento: doctora Graciela Moreschi.

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