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Nuestras huellas digitales vocales

agosto 4, 2014

Los tonos abarcan la variedad entre graves y agudos que empleamos al hablar, “visten” lo que decimos y llenan de musicalidad nuestro discurso.

Imagine que llama por teléfono a la casa de una amiga que tiene una hermana. Del otro lado de la línea alguien le contesta un alegre “hola ¿cómo estás?” y durante algunos segundos le acomete una duda visceral: ¿será ella o su hermana? Sin embargo, al cabo de una o dos frases breves sabemos con certeza que no estamos hablando con nuestra amiga. ¿Qué dimensiones en esa otra voz tan parecida marca la distancia de una hermana a la otra? La respuesta es una tríada que nos acompaña durante toda nuestra vida hablante: tono, intensidad y timbre.

La intensidad refiere a la fuerza de emisión de la voz, a su volumen, y depende de la capacidad de inspiración de aire de la caja torácica, la presión del aire que emitimos y del número de vibraciones vocales.

El timbre es el aspecto de la energía vocal, el matiz personal de la voz. Es la cualidad del sonido que la distingue de otra con igual altura e intensidad. El timbre depende de la resonancia del sonido y de los tonos que utilizamos al hablar. Es la característica de la voz más estable y menos educable; nuestra huella digital vocal.

Cuando nos relacionamos con otras personas nuestra voz se convierte en una importante fuente de información. ¿Alguna vez se preguntó cómo nos damos cuenta de que la persona que nos ha atendido el teléfono estaba sonriendo mientras decía un simple “hola”?

Lo que transmite nuestra voz

Lo que hacemos con nuestra voz transmite una innumerable cantidad de mensajes no verbales que tiñen nuestros vínculos y determinan –aún sin darnos cuenta- las decisiones que tomamos.

Cuando sentimos miedo nuestra voz se vuelve más aguda y tendemos a hablar utilizando menores intervalos de silencios. Esto tiende a generar una reacción adversa, especialmente si buscamos transmitir confiabilidad.

La tristeza, en cambio, vuelve más grave la voz y enlentece nuestra forma de hablar lo que provoca una gran desmotivación, especialmente en contextos laborales.

La ira eleva no sólo el tono –como el miedo- sino también la intensidad de la voz, lo que tiende a generar desconcierto, preocupación y recelo.

La ansiedad se demuestra con una voz vacilante, entrecortada, falta de aire.

La alegría genera variación en el uso de los tonos de voz y aumenta suavemente el ritmo de la enunciación, lo que despierta interés, proactividad, confianza y entusiasmo.

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