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¿Qué temen los hombres de las mujeres? (parte dos)

junio 8, 2011

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Pero es que la masturbación femenina todavía está bastante oculta, poco tematizada.

Sigue siendo tabú, está mal vista. El orgasmo de la mujer también lo está, en cierta manera. Porque la sexualidad de la mujer, hasta hace poco, estaba ligada a la procreación. Ahora, hay hombres que se quejan de que se la ponen mil veces y no acaban, pero que llegan a muchos orgasmos por estimulación del clítoris. Tuve una paciente que llevaba el vibrador en la cartera y le decía al hombre: “mirá, yo uso el vibrador: lo necesito para acabar. Si lo aceptás, la vamos a pasar bárbaro”. La sexualidad prolífica de la mujer es lo que a algunos varones los inhibe; de allí que en la historia se la prohibió y se la limitó a la procreación. Porque los varones temen a la posibilidad femenina de tener varios machos: aunque tenga un harén, el hombre no puede poseerlas sexualmente a todas.

Por eso también quería preguntarle si los hombres temen mucho a la infidelidad femenina…

Muchos varones siguen diciendo que la infidelidad masculina es algo de la Naturaleza, pero a la infidelidad femenina no se la bancan. La infidelidad de la mujer es vista como la tragedia más grande: la del cornudo.

¿Ser cornudo es uno de los miedos más grandes con respecto a las relaciones?

Claro, pero si a la mujer la tiene agarrada, encerrada, desvalorizada, diciéndole que no sirve, es un recurso para que ella no tenga necesidades. Por eso mismo, esas mujeres terminan teniendo historias por afuera, con hombres que le dicen que está linda, que ella  le gusta, etc.

¿Por qué cuando ellas toman la iniciativa, ellos prefieren a veces decir que no?

Porque se sienten avasallados, sienten que la mujer toma un lugar masculino que él comandaba: él decidía cómo, cuándo y dónde. Pero, por otro lado, los tipos temen mucho fracasar, por eso piden sildenafil u otras cosas porque “no puedo fallar”. Si les va mal en la primera vez, es fatal. “Tuve muchas relaciones pero en una me fue mal”; ya está, se les vino el mundo abajo;  “¿Pero ella se enojó?”, pregunto; “No, ¡al contrario!, pero yo sé que ella espera”.

¿Cuál es la dosis de erotismo adecuada para no aburrir ni “asustar” al fóbico?

Al varón fóbico no es fácil encontrarle el punto porque, si la mujer se acerca mucho, al tipo le da ahogo, siente que lo castra, que lo quiere casar, pero, si se aleja, piensa que no le gusta, que no la calienta. Hay que llegar al punto justo, tener timing. Los franceses tienen una buena frase, aunque ellos la referían a la histeria: la belle indiference. Decirle “sí, pero no del todo”. Hay mujeres a las que le sale perfecto: le hacen creer al tipo que él tiene el poder, el comando.

¿Y en qué cosas habría que disimular y hacerle creer que tiene el dominio?

Como no existe “el” hombre, hay que ver cómo piensa “cada hombre”. Si es un tipo liberal que se puede enganchar en distintas cosas, o si es un machista que dice que las mujeres manejan mal, son malas administradoras, eligen mal el vino, ella podría decir: “se la dejo pasar al salame éste, que es medio elemental en algunas cosas pero no voy a discutir porque me gusta”. Aunque, si el tipo le dice que la mujer orgásmica es sólo aquella que llega al orgasmo por penetración, no por estimulación clitoridiana, sabe a qué atenerse.

¿Al fóbico vale la pena “trabajarlo”?

Es un paciente que a mí me gusta, pero hay que tenerle paciencia.

¿Cómo lo podemos detectar en la vida cotidiana?

Si lo apuran mucho, sale corriendo. Si no lo apuran, piensa que no gusta a la mujer, que ya no lo quiere. Cuando está por tener éxito, se manca. Con él hay que saber manejar la distancia y los tiempos. Por ejemplo, una escena típica: sale la mina con el tipo y la pasaron bomba. A él le agarró un poco de pánico y al día siguiente no la llamó. Ella lo llama y le dice “¿por qué no me llamaste?”, o le manda un mail el lunes preguntando qué le pasó. Hay que hacer algo más soft, hay que manejar el timing.

Entonces, hay que tener una actitud más relajada y “trabajarlo” con la belle indiference.

Sí, con un “la pasamos bárbaro” está bien. Tampoco generarle la obligación de compra al tipo: “me quieren enganchar”, dicen muchos.

Claro, ése es el tema: ¿por qué tienen tanto miedo a ser “cazados”? Como si una quisiera casarse siempre con el hombre con el que tiene una cita.

Porque es un mito social: “todas las mujeres se quieren casar y tener una pareja estable”, aunque muchas mujeres quieren un tipo “cama afuera”, más aún si tienen hijos. El mito es que todas las mujeres se quieren casar y que las embaracen. Es falso, porque hay mujeres heterosexuales que no quieren tener hijos, así como lesbianas que sí los quieren tener. El tipo que está medio curado de espanto, si se acaba de separar ni te cuento, sigue repitiendo esos mitos como clichés. Los varones son más reacios, sobre todo los de 50 ó 60 años, a volver a convivir, sobre todo si tienen hijos. La convivencia no los seduce mucho. Yo no le veo las ventajas, en muchos casos.

¿A la convivencia?

En determinadas edades, no. Si cada uno tiene su economía y sus hijos, cuando se juntan, muchas veces es un caos. Sobre todo, porque las mujeres suelen venir con sus hijos, y los hombres tienen mayor margen de maniobra: quieren aprovechar esa soltería.

Desean volver al departamento de soltero…

Tener chicas, farra, amigos, un lugar social diferente. Tampoco está bien visto que las mujeres lleven tipos a la casa. Prefieren que el hombre las despida en la esquina de la casa para que el portero del edificio no las vea bajar del auto.

Terminan borrando su sexualidad, su posibilidad de placer.

Sí, claro. Ahora, yo iría de nuevo al tema de Simone de Beauvoir: todo lo que recuerde a la madre, al hombre lo intimida. Si la mujer es muy posesiva, o abandónica, depende cómo le pegue el fantasma. A veces uno busca lo mismo, y a veces lo contrario. Yo he buscado toda la vida mujeres intelectuales, porque mi vieja no terminó la primaria.

¿Y la elección de buscar algo igual o distinto depende de cómo “pegue” el fantasma?

Claro, depende de la personalidad: se escapan de esa figura o buscan lo mismo. Hay un tipo de mujer al que el hombre no se acomodó todavía. Y uno puede aprender mucho de una mujer, como amiga, amante, novia o compañera de trabajo. Creo que todos los hombres tendrían que leer El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, pero cuando se lo recomiendo a los tipos, me preguntan “¿Para qué?”. Si les recomiendo a las mujeres que lean un libro de sexualidad masculina, seguro que lo leen.

¿Qué cuestiones de esa “nueva mujer” causa inquietud?

Por ejemplo, a los hombres les da temor que la mujer con la que salen descolle socialmente más que él. Que atraiga más en las reuniones, que sea más centro que él.

¿Sí? Porque una crítica común de los hombres es “vos sos una amarga, me hacés quedar mal en las reuniones”.

Bueno, sí, el otro personaje es el de la amargada, callada, un bodrio, que no luce. Ahí también habría que encontrar un punto intermedio: no lucir tanto pero tampoco deslucir. La mujer pensará “¿pero entonces hay que ponerse una careta?”. Y sí, a veces hay que ponerse una máscara como en el teatro griego, por lo menos en los primeros encuentros.

Entonces, ¿hay que “hacerse la tonta” un rato?

No, yo diría ocupar una posición medio naïf. “La dejo pasar”, no entro en la contienda, después veré. Si el tipo le teme a tal cosa, no haré eso que teme. Si los tipos temen quedarse enganchados, no se puede plantear en la primera cita “yo quiero una relación comprometida, quiero formar una familia”.

Ellas también se autoboicotean, entonces.

Sí, y te lo dicen en la primera noche en la que tienen sexo.

¿Qué otras actitudes, además de la belle indiference, sirven para aplacar el temor?

Tener una actitud enigmática: ¿a qué juega esta mina? Algo está queriendo.

¿Pero, al final, nunca se puede decir lo que una quiere, aunque no sea un “me quiero casar y tener hijos”, sino “me gustás”?

Y, a veces no, por una cuestión de ser oportuna. También lo tengo que hacer yo: si le digo a un paciente en la terapia qué es lo que le pasa, en el momento menos indicado, lo hago bolsa. Yo no sé si en un primer encuentro uno puede decir todo lo que piensa, o lo que fue o lo que es en su vida. Porque está la que cuenta todas las pálidas: sus ex maridos, sus ex novios…

Bueno, los hombres también tienden a contar sus relaciones anteriores…

Sí, los tipos también, pero yo pensaba en cómo deberían presentarse las mujeres. Hablar del otro o de la otra siempre es fatal. Es un fantasma más que hay que remontar.

Entonces, hay que dar información de manera estratégica.

Y no asustar. Por otro lado, creo que sería ilógico pensar que en el primer encuentro uno le va a plantear al otro que quiere una pareja estable, comprometerse… ¡Que pase lo que pase!

Y en esa primera cita, al final, ¿se dice que sí o que no?

En mi opinión, da mejores resultados dejarlo un poco expectante, anhelante: “sí, pero no hoy”.

Para finalizar, ¿qué es lo que temen los varones de las mujeres?

¡Todo! Quedar capturado en una sola mujer, quedar atrapado en las redes de la mujer araña. El hombre araña es el que hace mil pruebas, pero la mujer araña es la que pica y mata, la viuda negra. Esto tiene que ver con la relación del hombre con su madre: teme quedar atrapado con una diosa a la que no va a poder controlar, que lo va a manejar, lo va a convertir en un pelele: “si quedo muy enganchado con esta mujer, se me va a hacer algo imprescindible y si me deja, ¿qué hago?”. Aunque muchos hombres, al final, buscan eso.

 

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